9 de agosto de 2014

Robots blanditos

Los robots del futuro podrían no parecerse en nada a R2D2 o a Bender, el sardónico autómata de Futurama, sino recordarnos más bien a un pulpo o a una estrella de mar. Un nuevo campo de la robótica, denominado ‘soft robotics’ o robótica blanda, está emergiendo con fuerza, inspirado en los sistemas biológicos de peces, calamares o incluso las trompas de elefante, para llegar allá donde las estructuras rígidas no pueden hacerlo. 



“La idea de un robot blando capaz de moverse por cualquier terreno surge de la investigación militar”, explica el ingeniero español Ramsés Martínez, integrante de uno de los grupos pioneros en robótica blanda de la universidad de Harvard e investigador asociado al Instituto Madrileño de Estudios Avanzados (IMDEA). “El ejército estadounidense diseñó una serie de robots muy caros para detectar minas, pero estos tenían limitaciones para moverse por la arena o terreno irregular, y se quedaban atascados o volcaban en el terreno minado, con lo que nadie podía ir a rescatarlos”.Los robots blandos no sólo tienen exteriores flexibles sino que, al igual que muchas estructuras biológicas, funcionan gracias a que contienen una red de canales huecos por los que se hace pasar un fluido a presión. El desarrollo de esta disciplina se ha hecho lo suficientemente importante como para que, en marzo de 2014, surgiera su propia revista científica: Soft Robotics. En su primer número, investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT por sus siglas en inglés) presentaban a Bubbles (burbujas), un pez robótico capaz de realizar movimientos rápidos de manera autónoma, sin estar conectado a ningún cable.

Los robots rígidos o tradicionales se mueven gracias a articulaciones y extremidades, siguiendo una serie de instrucciones muy concretas que les dicen si tienen que rotar una articulación o extender un brazo mecánico. Por esta razón, tienen que saber en cada momento dónde está cada una de sus partes para poder dar la siguiente orden. Estos robots son muy precisos a la hora de realizar tareas en áreas controladas, pero cuando se enfrentan a espacios más impredecibles como una casa, un almacén lleno de gente o una zona en la que habido una catástrofe, deben dedicar gran parte de su capacidad simplemente a no tropezar o caerse. Esto hace que nos parezcan torpes y lentos.

Flexibles, blandos y baratos
Un robot flexible, por el contrario, no tiene que saber dónde están sus extremidades en cada momento. “Podemos compararlo con un pulpo”, explica Martínez, “Se ha comprobado que el pulpo no sabe qué hacen sus extremidades todo el tiempo. Estas son, por decirlo así, independientes. Si tocan algo, lo agarran, y cuando el pulpo tiene un momento de ver si es comestible decide si echárselo a la boca o soltarlo. Lo mismo pasa con los robots. No tienen que saber dónde está cada una de sus extremidades en cada momento, sino que van reaccionando ante el entorno”.

Otra limitación de los robots clásicos es que tienen dificultades a la hora de manejar objetos con propiedades cambiantes. Por esa razón los cartones de huevos que compramos en el supermercado se siguen llenando a mano. Mientras que un robot rígido tiene que asegurarse de coger el objeto de la manera correcta y aplicar la presión justa, actuadores blandos como una mano con forma de estrella de mar que han desarrollado en Harvard puede sujetar objetos con formas variadas con solo inflarse. Fuente: materia

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