26 de agosto de 2014

La insólita odisea del rinoceronte de Durero

El 20 de mayo de 1515 el puerto de Belém, a las afueras de Lisboa, era un hervidero de comerciantes, marinos y curiosos llegados desde la ciudad. La hoy célebre Torre de Belém, en aquellos días en plena construcción, fue testigo del alboroto que se había generado a raíz de la llegada del navío Nossa Senhora de Ajuda, procedente de las posesiones lusas en la India portuguesa. La llegada de embarcaciones de las colonias, siempre cargadas de especias y otras mercaderías, generaba siempre un trajín de gentes en el puerto. Pero esta vez era distinta a las demás. Los rumores se habían propagado como la pólvora entre la población, y todo el mundo hablaba sobre una bestia fantástica que había llegado a Lisboa en las entrañas del barco llegado de la India.


Dibujo a tinta del rinoceronte, por Durero | Crédito: Wikipedia.

Aquella criatura gigante, casi tan grande como un elefante, era ni más ni menos que un rinoceronte, un animal que nadie había visto en Europa desde tiempos del Imperio Romano. El revuelo que causó aquel portentoso animal fue tan sonado, que las noticias sobre su existencia recorrieron toda Europa, alimentando la imaginación de la gente, incluyendo a algunos célebres artistas.
Uno de ellos, el alemán Alberto Durero, acabaría dando forma a uno de sus grabados más famosos plasmando la figura del fantástico animal. ¿Cómo logró el genio de Núremberg crear una soberbia obra de arte como aquella sin haber tenido ocasión de contemplar aquel rinoceronte en primera persona?
Para explicarlo, antes hay que conocer toda la historia que rodeó a Ganda –así habían bautizado a la portentosa criatura– y su insólito viaje por medio mundo. El animal había llegado a Lisboa como un regalo del gobernador de la India portuguesa, Afonso de Albuquerque, al rey Manuel I de Portugal. A su vez, el virrey lo había recibido de manos del sultán Muzafar II.
Tras su llegada a la ciudad del Tajo, el rinoceronte fue llevado a la Casa de Fieras del monarca, situada en el palacio de Ribeira, siempre acompañado de su cuidador indio, Ocem. Por aquellas fechas, los rinocerontes eran prácticamente criaturas míticas, tan fabulosas como unicornios, y el conocimiento que de ellos tenían los europeos se limitaba a descripciones de autores clásicos comoPlinio el Viejo.
En su tratado Naturalis Historia, el sabio romano había escrito que rinoceronte y elefante eran enemigos acérrimos, de modo que el rey portugués quiso comprobarlo personalmente. Para ello, decidió organizar un combate en toda regla para verlo con sus propios ojos. Por desgracia, la lucha nunca llegó a tener lugar. El “espectáculo” había atraído a tal número de curiosos, que el elefante huyó despavorido a causa del ruido del gentío, y el rinoceronte no tuvo ocasión de embestir a su “enemigo”.


El exitoso grabado realizado por Durero | Crédito: Wikipedia.

Meses después el monarca, quizá aburrido ya de la última rareza de su colección, decidió regalar el curioso animal al mismísimo papa de Roma, León X, como forma de congraciarse con él y ganarse su favor y su apoyo para defender sus intereses coloniales. Un año antes, Manuel I ya había regalado al pontífice un rarísimo elefante blanco bautizado como Hanno, y la criatura había sido del agrado del líder de la Iglesia.
Así, en diciembre de 1515 el rinoceronte Gauda volvió a partir surcando los mares, en esta ocasión con rumbo a la Ciudad Eterna. De camino, el animal siguió asombrando a los curiosos que llenaban los puertos a los que arribaba, e incluso el rey Francisco I de Francia aprovechó su paso por Marsella para ver aquella increíble bestia con sus propios ojos.
Por desgracia, Gauda nunca llegaría vivo a su destino. Aunque había navegado miles de kilómetros en largo y peligroso viaje desde la India, fueron las aguas del Mediterráneo las que terminaron con su vida. Cuando el barco se encontraba en las costas de Liguria, una fuerte tormenta hundió la embarcación y el animal, que estaba atado con cadenas, no logró salvarse.
Sus restos fueron enviados de vuelta a Lisboa, donde expertos del rey procedieron a disecarlo. El animal, inmortalizado por los taxidermistas, llegó finalmente a Roma en febrero de 1516. En la capital del cristianismo Gauda generó interés, e incluso sus restos disecados fueron inmortalizados por artistas como Giovanni da Udine o el mismísimo Rafael, pero ya no causó el alboroto que había provocado en Lisboa.
Sin embargo, meses antes del trágico final de la criatura, su historia y sus imponentes características habían llegado hasta la ciudad alemana de Núremberg. Un mercader llamado Valentim Fernandes, que se encontraba en Lisboa en el momento de la llegada del rinoceronte, escribió una detallada carta a uno de sus amigos de Núremberg, relatando numerosos pormenores del suceso.


La versión de Burgkmair, más fiel a la realidad | Crédito: Wikipedia.

Una segunda misiva, en este caso de un autor anónimo, llegó también a la ciudad en las mismas fechas. A diferencia de la anterior, esta carta incluía un llamativo boceto del animal. Ese dibujo, realizado también por un artista desconocido, acabó en manos del Alberto Durero, y ese fue el origen de los dos dibujos a tinta que el célebre pintor y grabador realizó aquel mismo año de 1515.
Uno de estos dos dibujos acabó convirtiéndose en un grabado que gozón de un éxito fabuloso, realizándose numerosas impresiones del mismo, tanto en vida como tras la muerte del artista. Durero no había tenido ocasión de ver al animal por sí mismo –lo que explica en parte las imprecisiones de la obra–, pero consiguió crear un efectivo y bello dibujo, que se acompañó de breve texto detallando la historia de Gauda.
Otro importante artista alemán, Hans Burgkmair, realizó su propia versión del rinoceronte, creando un grabado mucho más exacto que el de su colega. Aunque su obra se acercaba más a la realidad, el grabado de Durero gozó de mucho más éxito y, de hecho, se consideró hasta el siglo XVIII como una descripción fidedigna del exótico animal.

Fuentes: CLARKE, T. H. The Rhinoceros from Dürer to Stubbs: 1515–1799. Londres: Sotheby's Publications (1986) | SANJURJO, Ana. Los viajes del rinoceronte de Durero. El Blog de la BNE.

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