31 de agosto de 2013

El origen del sombrero

El primer sombrero con ala se utilizó en Grecia en el si­glo V a.C. 


Empleado por cazadores y caminantes para protegerse del sol y de la lluvia, este sombrero de fieltro, el pétaso (petasos), tenía ala ancha y cuando no se llevaba en la cabeza colgaba a la espalda, sujeto con un cordón. El pétaso fue copiado por los etruscos y los romanos, y su popularidad persistió hasta bien entrada la Edad Media. 

Los griegos usaban también un sombrero sin ala, en forma de cono truncado. Lo habían copiado de los egipcios y le daban el nombre de “pilos”, es decir, fieltro, el material con el que estaba fabricado. Aparece­ría con variantes en las culturas europeas, y con el auge de las univer­sidades a fines de la Edad Media resurgió como “pileus quadratus” o bi­rrete de cuatro lados. 

En los tiem­pos clásicos, rara vez las mujeres se cubrían la cabeza, en tanto que los hombres seguían cubiertos bajo techado, e incluso en las iglesias y ca­tedrales. 

Esta costumbre persistió en el siglo XVI, cuando la populari­dad de los cabellos postizos y el tamaño fenomenal de las pelucas ha­cía que el uso del sombrero resultara inconveniente cuando no imposible. Al extinguirse la moda de las pelucas, los hombres recupe­raron el uso del sombrero, aunque ya no con la devoción del pasado, y tres costumbres quedaron totalmente cambiadas: el hombre jamás conservaba puesto el sombrero en el interior de una casa, en la iglesia o en presencia de una dama. 

Fue en esta época, fines del XVIII, cuando las mujeres empezaron a usar con profusión sombreros adornados con cintas, plumas, flores y encajes. Anteriormente, en el caso más bien raro de que una mujer europea se cubriera la cabeza, lo hacía con un gorro en su casa o con una capucha si salía. 

Con la nueva moda femenina, Milán se convirtió en la capital de la sombrerería europea y sus creaciones fueron objeto de una extraordinaria demanda.

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