17 de octubre de 2012

Entrevista a Ramón Sabella, superviviente del accidente aéreo de Los Andes

Hay experiencias que nos ayudan a salir hacia delante. Y la vivida por Ramón Sabella, también conocido como Moncho, es una de ellas. El destino es caprichoso y, a veces, nos pone en situaciones extremas donde parece no existir solución. Dilemas en los que la vida y la muerte se juntan en una delgada línea y luchan la una contra la otra. La vida de Ramón Sabella es un claro ejemplo de que no podemos controlar lo que pasa a nuestro alrededor, pero sí podemos manejar cómo nos afecta y saber que, gracias a nuestras capacidades, podemos darle la vuelta.


Moncho, primero a la derecha



Ramón es uno de los pocos supervivientes del avión que se estrelló en 1972 en la cordillera de Los Andes, suceso mundialmente conocido y sobre el que se rodó la película Viven. "El filme refleja bastante bien lo que nos pasó, sobre todo el momento del choque. Hay escenas en las que parece que sólo nos peleamos, pero apenas nos enfadamos en esos 72 días en la montaña". Así nos lo contaba el propio Ramón, con el que hablamos personalmente en una fugaz visita a Madrid. Y es que este 12 de octubre se cumplen 40 años del fatídico accidente.
La vida de Moncho ha ayudado a muchas personas a salir de la depresión, de la angustia y, sobre todo, a recuperar las ganas de vivir. Y él mismo viaja alrededor del mundo para contarlo, dando conferencias sobre superación y desarrollo. Su punto de vista se refuerza en lo importante qué es la motivación, el coraje y la fortaleza mental para poder reponernos aún cuando parece que todo está perdido.

12 de octubre de 1972. Ramón Sabella había decidido hacer un viaje hasta Santiago de Chile. Era joven, había terminado de estudiar y necesitaba unas vacaciones. Viajaba con mucha ilusión y con 180 dólares en el bolsillo. "En el aeropuerto me encontré a un amigo mío y ya me senté con él". Nada más despegar tuvieron que hacer parada en Mendoza, debido al mal tiempo, pero pudieron partir a la mañana siguiente hacia Santiago. En el avión viajaban 45 jóvenes, la mayoría de ellos, imponentes jugadores de rugby. Durante el vuelo iban bromeando y, en un momento dado Moncho, que estaba sentado en la ventanilla, se levantó para hacer una foto. A la vuelta ocupó el asiento del pasillo para no levantar a su compañero. Caprichos del destino... esta sencilla acción sin importancia, le salvaría la vida.

Llevaban varios minutos volando cuando el avión empieza a moverse sin parar, turbulencias suaves que van evolucionando hasta otras más fuertes, atronadoras. "Al principio todos estábamos riendo... hasta que se hizo un silencio sepulcral". Es entonces cuando el avión desciende varios metros hasta encontrarse de frente con una cordillera. Intentan evitar el impacto pero es imposible y la hélice corta el avión en dos, justo por el sitio de la ventanilla en el que Ramón estaba sentado al principio.

Fue uno de los peores momentos de mi vida", nos cuenta Moncho. Aún se encontraban en el aire, a muy baja altura, pero lo peor estaba por venir. El avión, partido en dos, succionaba y arrojaba a la gente hacia fuera. "Yo conseguí agarrarme con todas mis fuerzas a un hierro. Y sólo pensaba, ya está, todo va a explotar con el combustible. Se acabó".

Minutos que se hacen eternos, finalmente el avión choca contra el suelo y se desliza sobre la nieve. Los asientos son arrancados y se apilan todos delante, aplastando a muchos de los viajeros. "Sólo se oían gritos y lloros, luego nada... y recuerdo un frío impresionante. Me dolían las costillas y me di cuenta de que la hélice había cortado mi zapato, pero ni siquiera había tocado el dedo. Mi compañero estaba muerto. Entré en estado de shock, no sabía qué hacer y me senté fuera a fumar un cigarro".

Es muy difícil ponerse en el lugar de Moncho y saber cómo reaccionaríamos nosotros ante un hecho de semejante magnitud. ¿Nos bloquearíamos? ¿Lloraríamos desesperados? ¿Reaccionaríamos con calma? Ramón no se dejó vencer por el pánico y mantuvo la cabeza fría. Los supervivientes eran unos completos desconocidos y si querían vivir debían mantenerse unidos, como un equipo. Pero con un objetivo muy distinto al habitual: salvarse de la muerte.

Sufrir un accidente de avión es uno de los sucesos más trágicos y estresantes que pueda sucederte en la vida. Y si encima sobrevives, ¿como asimilas lo que sucedió? ¿Cuáles son las consecuencias? ¿Cómo te repones y más aún cuando te encuentras en una montaña helada sin saber siquiera en qué punto del planeta estás?. "Cuando me calmé, entré al avión para intentar ayudar a la gente. El piloto había muerto pero el copiloto seguía vivo. En ese momento pensaba que nos iban a rescatar sin problemas ese día o al siguiente... y qué equivocado estaba".

Perdidos, sin agua, ni linternas ni mantas
. "Habíamos salido con ropa de verano, camisetas, pantalón corto y, de repente, estábamos a menos 25 grados. Me quedé petrificado cuando el copiloto me confesó que había una pistola, que la cogiera y que le disparara. Las personas reaccionan de muy diferente manera en situaciones de estrés. Había gente que no hablaba, gente que no paraba de reir...". Lo que cuenta Ramón no es nada nuevo. Expertos en psicología lo corroboran: nunca sabemos cómo reaccionaremos ante una situación extrema hasta que la vivimos.

Habían pasado unas cuantas horas y comenzó a anochecer. "La oscuridad era total y la temperatura extrema. Sabía que esa noche podría llegar a pasarla, a pesar de que estábamos empapados, pero no sabía cuantas noches más soportaría", explica Moncho. La noche fue horrible, atroz. "Uno de mis compañeros me llegó a decir que se moría y lo único que pude hacer fue dormir sobre él para darle calor. No veía nada, sólo se oían respiraciones y gemidos. Nos pisábamos sin querer y a veces hasta nos insultábamos. No nos conocíamos de nada, pero empezamos a establecer lazos de unión".

De las 45 personas que partieron desde Santiago de Chile, únicamente quedaban 22. Transcurrían los días y nadie les rescataba. Gracias a una radio que encontraron en el avión se enteraron de que les estaban buscando. Fue el único contacto que tuvieron con el exterior en esos 72 días aislados.

Los límites los pone el ser humano y cuando parece que todo está acabado, es cuando surge la lucidez. La vida les cambió en un minuto y se dieron cuenta de que tenían que organizarse y crear una pequeña empresa si querían sobrevivir. No podían perder la educación ni el comportamiento social, porque sino, estaban perdidos. "No hubo un líder claro, tal y como se ve en la película. Fuimos un equipo y había que compartir. Sólo nos alimentábamos de chocolate y botellas de vino. A los 10 días estábamos deshidratados, la orina era muy fuerte y amarilla y llegamos a pensar que teníamos hepatitis. Pero solo era la deshidratación".

El cuerpo les empezaba a fallar y la cabeza, también. Sobre todo cuando escucharon por radio que se había abandonado la búsqueda porque les daban por muertos. "Ahí nos derrumbamos. La esperanza es lo último que se pierde, pero en el momento en que escuchas que no van a buscarte, te hundes. Yo pensaba: he sobrevivido a un accidente de avión, a no comer, a días en soledad y al frío de una montaña, ¿pero podré sobrevivir al hecho de saber que no van a rescatarme?", nos contaba Ramón.

La gente comenzó a deprimirse y a no hablar. "Los que dejaban de luchar se iban muriendo, aunque no sufrieran daño físico alguno. Así que lo que hicimos fue cambiar de actitud y tomar las riendas. Si no veían a buscarnos, iríamos nosotros. Y decidimos organizar una expedición hasta Chile para buscar ayuda".
  
Tras casi 30 días en la nieve, la pérdida de peso de los supervivientes era más que notable. Los pómulos se metían hacia dentro, los mareos eran constantes... Lo fundamental era no perder las formas y, sin hablarlo, se establecieron pactos tácitos. El derecho de uno comenzaba en el derecho del otro. Y todos sabían que lo poco que había para comer debía dejarse a los expedicionarios.

El 15 de noviembre era la fecha señalada para la partida
. Los aventureros se alimentaron más que el resto varios días antes de partir. Como avituallamiento llevaban botellas vacías, una navaja suiza, una pelota, una radio y varios restos de los asientos del avión. Iban a caminar sin ningún tipo de orientación, pensando que estaban en el límite de la frontera con Chile. Pero se equivocaron, como más tarde supieron.

A los pocos días de salir, volvieron. Las fuerzas les fallaron, y Gustavo, uno de ellos, se había quedado prácticamente ciego. "Aquí es cuando surgió la inventiva. Decidimos coger los cristales del avión, ahumarlos con los mecheros que nos quedaban y hacer una especie de gafas de sol".

Aprendieron de los errores y, lejos de rendirse, tomaron la decisión de organizar una segunda expedición. Sabían que tenían que alimentarse mejor porque, de lo contrario, sería imposible cruzar la montaña. Pero no había comida. Tal era la desesperación que hasta comieron trozos de cuero de las maletas, pero se les secaba la boca y les producía demasiada sed. Así que surgió la inevitable cuestión que todos estaban pensando pero que nadie se atrevía a decir. "La única realidad era ésa. Había cuerpos humanos, era carne, era proteína y la necesitabamos para sobrevivir. Era comer o morir. Un suicidio colectivo o salvarnos".

Discutieron mucho sobre los problemas morales y éticos, durante días. Unos estaban de acuerdo, otros no. Pensaron en las familias, en ese padre o madre que querían volver a ver y abrazar. Así que finalmente optaron por comer de los cadáveres, siempre y cuando no fueran mujeres ni familiares directos.

El primer bocado fue el peor. "Yo tenía un trocito y era incapaz de llevármelo a la boca, pero me lo tragué como si fuera una medicina. Pero daba más sed y lo de la sed era insoportable, tomabas nieve pero te partía la lengua", recordaba Moncho. Una agonía insufrible. Y un hecho que marcó sus vidas.

Para la segunda excursión la preparación fue diferente. "Arrancamos telas de los asientos, cables de cobre, cosimos mantas durante semanas, confeccionamos trineos, hicimos sacos de dormir... Todo lo que sirviera para ayudar a los valientes". El hecho es que las condiciones eran infrahumanas y estaban famélicos. Dormían dentro de los restos del avión, sentados sobre las rodillas para darse calor. Incluso llegaron a orinar dentro de una pelota de rugby para mantener las manos calientes. Pero cuando todo parecía más estar más calmado, sucedió lo peor.

En plena noche, una gran avalancha sacudió el campamento base. Un golpe brutal. La nieve tapó por entero los restos del avión, quedando todos enterrados bajo ella. "Cuando abro los ojos me doy cuenta de que no podía moverme. Me resigné a morir, lo primero que sentí fue una profunda desesperación, luego... paz. No quería volver a vivir, estaba disfrutando de ello. Pero me acordé de mi familia y ahí noté que mi dedo sobresalía de la nieve. Pude escarbar un poco y volví a respirar. Lo que vi cuando saqué la cabeza es inenarrable. La ansiedad me ahogaba". Ocho personas murieron esa fatídica noche. Quedaban 19.

¿Por qué ellos? ¿Por qué yo no? Ramón Sabella no podía quitarse esas preguntas de la cabeza, atormentándole. "Fueron las tres peores noches de toda mi vida. Sin zapatos, ni calcetines, con 30 grados bajo cero. Sin poder dormir, escarbando con las manos, mojados, mezclados los vivos con los muertos... la escena era dantesca".

Perdieron todo esa noche. Todo lo que habían construido como empresa y como equipo durante meses había acabado. No había esperanza. El destino les había jugado, de nuevo, una mala pasada.

"El siguiente paso fue intentar hacer fuego, pero nos costaba demasiado. El grupo se hizo más solidario que nunca, compartíamos lo poco que nos quedaba. No desistimos y decidimos que la segunda expedición debía partir como fuera". Cada tres o cuatro días se producían avalanchas pequeñas, la nieve era traicionera. Las horas pasaban lentamente y cada vez era más difícil no dejarse dominar por la tristeza y la apatía. La gente se moría.

Así que un poco antes de Navidad, los tres expedicionarios partieron de nuevo en busca de la salvación. A los pocos días de salir, uno de ellos volvió al campamento ya que no había suficiente comida. "Sobre el séptimo día pensamos que habían muerto. Yo odiaba todo, la nieve, el avión, la gente, todo me saturaba. Y un día, cuando ya no podíamos más, empezó a sonar la hélice de los helicópteros, no nos lo creíamos", apunta Moncho.

Los expedicionarios (Roberto Canessa, Antonio Vizintín y Nando), después de caminar 55 kilómetros durante diez días, lograron cruzar la montaña y llegar hasta un río, donde un arriero les vio. No podían comunicarse con él en un principio por el ruido atronador del caudal así que tuvieron que lanzarle una piedra con un mensaje.

¡Estaban salvados! Pese a todo, no fueron rescatados inmediatamente, ya que tuvieron que pasar una noche más en la montaña esperando a los equipos de salvamento. "Nos dedicamos a apuntar en una libreta las comidas que más nos apetecía comer".
Ramón siempre ha confesado que, pese a no tener un físico tan preparado como muchos de los jugadores de rugby, su fortaleza mental fue lo que le permitió vivir. "Pensábamos como una empresa, que se organizaba bajo un liderazgo compartido, cada uno colaboraba con lo mejor que tenía, con lo que sabía hacer".

Creatividad, toma de decisiones y optimización de los recursos. Fueron las claves de este grupo para reponerse y volver a la civilización. "Me considero un privilegiado, un afortunado. Mi vida cambió entonces pero he sabido volcarlo hacia algo positivo".

Valores como la ética, justicia, respeto y solidaridad lograron que 16 personas salieran vivos de la peor experiencia de sus vidas. Ya lo decía Hobbes, "el hombre es un lobo para el hombre". A veces sí, pero muchas no. El fracaso se tornó en un resorte hacia el movimiento y, como consecuencia, hacia el éxito. Y nos deja una cosa clara: siempre hay un límite más allá del límite.

Ramón Sabella es hoy un exitoso empresario vinculado al sector agroindustrial y exportador de carnes uruguayas. Casado, viaja por todo el mundo impartiendo conferencias sobre su experiencia. Ramón volvió a subirse a un avión, incluso hizo un curso de piloto. El miedo no le impidió continuar su vida, ni dejarse dominar por las inseguridades. Sacó lo positivo de una durísima experiencia y consiguió la motivación necesaria para seguir adelante. "Las personas cambiamos y pulimos nuestra forma de ser. Lo importante, en la vida, es superarte a ti mismo". Todo un ejemplo a seguir. 

Fuente: www.enfemenino.com
 

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