8 de octubre de 2012

Cien objetos para contar la historia en el British Museum

La Historia suele ser contada a través de grandes acontecimientos y luchas y por boca de los vencedores. Pero, como dice Neil MacGregor, director del Museo Británico, «no hay solo una versión autorizada de la Historia, se puede cuestionar continuamente». Puede hacerse a través de voces disidentes, dando cabida en la narración de los hechos a los perdedores o a aquellas civilizaciones desaparecidas, cuyos textos no sobreviven y de las que tan solo nos quedan sus objetos. Es el caso de la cultura mochica de Perú. Pero ¿se puede contar la Historia a través de un centenar de ellos?

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Astrolabio judío, probablemente de España (1345-1355 d.C) – BRITISH MUSEUM

El Museo Británico de Londres, gracias a una iniciativa de la BBC, ha demostrado que sí es posible. La propuesta era muy ambiciosa, teniendo en cuenta además que originariamente el proyecto era para un programa de radio: se hablaba de objetos sin poder verlos. En 2010, Radio 4 emitió cinco programas semanales. A los especialistas del museo se sumaron invitados para hablar de esas piezas (desde premios Nobel como Wole Soyinka o Seamus Heaney e historiadores como John Elliott, al alcalde de Londres o un recortador de toros). También, personas de los países de origen de las piezas. Como toda historia tiene dos versiones, cada objeto cuenta con dos voces que hablan sobre él. El proyecto tuvo un enorme éxito. Pasó a la web, donde ha tenido más de 30 millones de descargas, y ahora a formato libro, «La Historia del mundo en 100 objetos», publicado por Debate.
Visitamos el Museo Británico, guiados por uno de sus conservadores, Barrie Cook, que ha participado en el proyecto. Entre las cien piezas escogidas hay obras de arte (entre ellas, la más antigua del mundo: unos renos nadadores tallados primorosamente en colmillo de mamuthace 13.000 años), pero también objetos cotidianos, humildes: ollas, vasijas… El más antiguo es un canto tallado encontrado en Tanzania hace dos millones de años. Los más modernos, una tarjeta de crédito y una lámpara solar con cargador. Los oyentes de la BBC votaron por el iPhone. Las cosas tienen sus propias biografías: cambian de significado con el tiempo, la ciencia y las nuevas tecnologías.

La piedra Rosetta

Piedra Rosetta

En la selección no faltan íconos del museo, como la Piedra Rosetta. Este trozo de granito, escrito en tres lenguas, cuenta apasionantes historias: los reyes griegos que gobernaron Alejandría después de que Alejandro Magno conquistara Egipto; la lucha entre ingleses y franceses en Oriente Próximo, y, quizá la más fascinante, esta piedra permitió descifrar la escritura jeroglífica y gracias a ello hemos podido comprender el Antiguo Egipto, representado en la lista con una de sus momias, que son uno de los principales reclamos del museo, y una gran estatua de Ramsés II.
Están presentes, cómo no, los grandes imperios de Alejandro Magno (su efigie ilustra una moneda) y Augusto (una escultura), pero también hay objetos de los taínos caribeños, los aborígenes australianos, los africanos de Benin o los incas. «El propósito -comenta MacGregor- es que hubiera objetos de todo el mundo, construir una Historia de todo el mundo. Hemos aprendido una Historia en la que el centro era Europa, pero esto ha dejado de tener sentido. Había que contar una Historia más equitativa, que diera el mismo peso a todos. Con este proyecto queríamos volver a los principios del museo, que fue fundado en 1753 por el Parlamento británico para todos los ciudadanos; regresar a esa base democrática».
Como cualquier buena historia que se precie, nos habla de los temas y problemas comunes de toda la Humanidad: poder, religión, sexo, dinero… Así, descubrimos las primeras monedas (550 a. C.), los primeros billetes (China, dinastía Ming) y la moneda universal más antigua: el real de a 8, acuñado en plata por los españoles en Potosí. El sexo está presente en todas las épocas. Desde los «amantes de Ain Sakhri» (pieza hallada cerca de Belén hace 11.000 años y que es la representación más antigua conocida de una pareja practicando sexo), hasta la «Copa Warren», de hace 2.000 años y en la que hay escenas explícitas de sexo entre homosexuales. Estuvo desaparecida durante casi sus 2.000 años de vida, hasta que en 1911 la adquirió Edward Warren. A su muerte fue muy difícil venderla. El Museo Británico no se atrevió en un principio, pero finalmente la adquirió en 1999. Hoy es uno de los íconos del museo.

Mármoles del Partenón: la eterna disputa


En 1800, Lord Elgin arrasó el Partenón ateniense y se llevó a Gran Bretaña parte de sus tesoros. Hoy son una de las joyas más preciadas del Museo Británico (en la imagen, un relieve de mármol del Partenón, incluido entre los cien objetos de esta Historia del mundo). El eterno debate entre griegos e ingleses aún continúa. El Gobierno heleno reclama su restitución, mientras que la Junta Rectora del Museo Británico cree que deben quedarse allí, como parte integrante de la historia de las culturas del mundo. «Hemos incluido estos mármoles, que son hoy menos famosos como objetos artísticos que como foco de controversia política, sobre los que se cuestiona a quiénes pertenecen, dónde deben estar», dice MacGregor. ¿Su opinión? Lógicamente, que sigan en el Museo Británico.
El único artista vivo presente es David Hockney. Su aguafuerte «En la aldea aburrida», basado en un poema de Cavafis, aparece como símbolo de la lucha por las libertades civiles, no solo la sexual. El paseo por las salas del Museo Británico nos lleva hasta un impresionante Moai, de la Isla de Pascua -cada cara alude a un culto o ritual-, admiramos objetos que trajo el Capitán Cook de sus expediciones (un escudo aborigen de corteza de árbol y un casco de plumas hawaiano), pequeñas joyas fascinantes (una llama inca de oro, un saltador de toros minoico, la maqueta de carro del Oxus, el ajedrez de Lewis, el cristal de Lotario, la capa de oro de Mold, considerada como el Cartier o el Tiffany de la Edad de Bronce)… De España, tan solo se exhibe una pieza: un astrolabio judío (1345-1355). Cada uno de estos cien objetos, repartidos por todo el museo, está identificado con una gran cartela explicativa. Además, se ha editado una guía gratuita.
Entre las curiosidades que nos sorprenden, un penique alterado con una consigna sufragista, un plato revolucionario ruso en porcelana imperial con la hoz y el martillo y el sello del zar… Advierte Neil MacGregor que pasear por las salas del Museo Británico evoca los viajes de Gulliver: «Te vas encontrando a gente extraña, pero al final te das cuenta de que el extraño eres tú».

Falsificaciones en el Museo Británico

N. P. LONDRES
Hubo discusión acerca de cuál sería el último objeto de la lista: se pensó en uno de la Antártida e incluso en el fútbol. El museo compró una camiseta de Didier Drogba, jugador francés de origen africano que entonces jugaba en un equipo británico (el Chelsea), cuyo propietario es ruso: Roman Abramovich. La camiseta era una copia ilegal china, fabricada en Sudamérica. «Era el símbolo perfecto del mundo global», comenta Neil MacGregor. ¿Tiene el Museo Británico falsificaciones?, le preguntamos sorprendidos. «Compramos otra auténtica -advierte sonriendo MacGregor-. Y tenemos una colección de monedas falsas».
Fuente: almacosta.wordpress.com

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