4 de septiembre de 2012

La historia de la publicidad desde sus inicios

Contar la historia de la publicidad. Ese es el gran reto, más aún cuando resulta necesario entenderla no sólo como una historia de anuncios, sería injusto quedarnos en esa superficialidad, sino también como una historia representada por sus protagonistas -los publicitarios- así como las empresas en las que trabajaron. 



Una historia contada cronológicamente, de forma sencilla y concisa. Intensa como la propia del ser humano, pues no ha dejado de estar presente ni un sólo momento en nuestra evolución social, cultural y económica; como método persuasivo en su esencia original hasta su propia integración natural en los engranajes del marketing y, en los últimos años, como eje fundamental del compromiso social de las empresas.

La publicidad. Difícil entender la evolución de la sociedad sin tenerla presente. Quizás la vía más apasionante para entender los últimos 150 años del hombre. Aquí está gran parte de nuestra historia.

Querer datar con unas mínimas garantías el origen exacto de la publicidad, el punto de partida de su historia, es una tarea realmente complicada por no decir imposible, fundamentalmente porque esta misión aumenta de dificultad cuanto más nos alejamos de la actual definición de publicidad, encuadrada como herramienta vital de la planificación del marketing de las empresas.

Pero quedémonos por unos segundos en una concepción más genérica: el ser humano lleva toda su vida haciendo lo que algunas fuentes erróneamente denominan publicidad, cuando en realidad están hablando de simples actividades de persuasión. Si nos detenemos a reflexionar, llegaremos a la conclusión que nuestro quehacer diario está lleno de estos comportamientos persuasivos cuando nos relacionamos con los compañeros de trabajo, con la familia, con los amigos... De este modo, puntos de partida cargados de ciertas dosis de ingenuidad a veces, de simpatía otras, pueden ser el pasaje bíblico de Adán y Eva con la serpiente y la manzana, o cuando el hombre de las cavernas, tras cazar una gran pieza, colocaba la piel en la entrada de su cueva para que quedase a la vista de todo aquel que le pudiera interesar. O bien la aparición del arco iris en el cielo tras el diluvio universal. O incluso el propio obelisco de Luxor. Pero jamás esto puede ser considerado publicidad.

Otro pasaje, esta vez de la mitología romana, es cuando la diosa Venus envía a Mercurio, dios del comercio, con el siguiente anuncio: "se pone en conocimiento de todos que la hija real, llamada Psiquis, ha ofendido a Venus y se ha fugado en secreto para eludir, de esta suerte, el castigo. Si alguien la detiene o puede indicar el sitio de su escondite, que se presente al mismo Mercurio o a mí en las pirámides de Egipto. Por esto le dará Venus, personalmente, siete besos y uno muy especial, con todas las dulzuras que solamente la boca de una diosa pueden dar".

Otro punto a tener en cuenta es el que ofrecen los cartagineses (814 a. C.-308 a. C.). En ocasiones, el intercambio comercial se hace mediante el trueque silencioso, descrito por Heródoto (griego, 484 a.C.-425 a.C.) en el Tomo 4 de sus Nueve Libros de la Historia (zip con los 9 tomos en pdf): "... en la Libia, más allá de las columnas de Hércules, hay cierto paraje poblado de gente donde suelen ellos aportar y sacar a tierra sus géneros, y luego dejarlos en el mismo borde el mar, embarcarse de nuevo, y desde sus barcos dan con humo señal de su arribo. Apenas lo ve la gente del país, cuando llegados a la ribera dejan al lado de los géneros el oro, apartándose otra vez tierra adentro. Luego, saltando a tierra los Cartagineses hacia el oro, si les parece que el expuesto es el precio justo de sus mercaderías, alzándose con él se retiran y marchan; pero si no les parece bastante, embarcados otra vez se sientan en sus naves, lo cual visto por los naturales vuelven a añadir oro hasta otro tanto que con sus aumentos les llegan a contentar, pues sabido es que ni los uno tocan al oro hasta llegar al precio justo de sus cargas, ni los otros las tocan hasta que se les tome su oro". Para Heródoto, con este método nadie sale perjudicado, sin embargo es evidente que los cartagineses tienen la voz cantante y todas las de ganar.

Y es que el comercio -originalmente basado en un trueque en especie y posteriormente con una unidad monetaria de por medio- ha estado presente desde hace siglos, desde que el hombre se desarrolla social y económicamente. En este punto, el acto de anunciarse- está ligada a la propia historia de las urbes. Una ciudad no puede autoabastecerse por sí misma en cuanto a sus necesidades básicas de bienes, dependiendo del comercio con otros puntos que ofrezcan lo que ésta necesita. Así pues, donde exista una ciudad, deberá existir comercio y, por lo tanto, la necesidad de llamar la atención aunque esta se realice de la forma más rudimentaria. Además, cuando las ciudades son muy grandes, los propios artesanos corren en riesgo de pasar inadvertidos, ya que no es suficiente la calidad de sus trabajos, sino que necesitan algún tipo de reclamo para que sus clientes acudan a ellos. Continúa leyendo

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