5 de agosto de 2012

El hombre que duerme bajo tierra

En Encalilla, cerca de Amaicha del Valle, un hombre vive bajo la tierra. Es su filosofía, su creencia y su respeto por la naturaleza lo que lo llevó a construir una atípica casa. Hace tres años comenzó a cavar y está decidido a ampliar el espacio subterráneo para mayor comodidad. "Los ríos tienen su propia energía -dice- y son como las venas de la Madre Tierra".  
 
Vive a la intemperie. La brisa es su ventana. El cielo es su techo. No tiene muebles, ni sillas, ni cuadros, ni fotos de familia. Para sentarse usa un pedazo de tronco seco y polvoriento. Para cocinar enciende el fuego con leña seca. Los árboles le sirven de mobiliario. Unos cuantos trastos cuelgan de las ramas. La ropa, especialmente camperas y gorros de lana, se acumulan en una precaria mesada de madera. De día, Luis César Segura vive como cualquier vecino de un pueblo en las montañas. Se levanta temprano para cortar alfalfa y dar de comer a las cabras. Prepara el almuerzo en una rústica olla de acero tan negra como la noche. Es capaz de comer cabeza de cabra, que recalienta, una y otra vez, en las brasas.

Al atardecer, cambia, todo cambia. Luis duerme bajo tierra. Esa es su filosofía de vida, su creencia mayor. Asegura que el hombre debe volver a los orígenes, al respeto por la naturaleza. "Cuando me acuesto -dice-, me pongo en posición fetal y siento que estoy en el útero de la Pachamama".

En la localidad de Encalilla, a unos 15 kilómetros de Amaicha del Valle, un hombre construye su casa bajo tierra, como los topos. No necesita pegar ladrillo sobre ladrillo, sino tan sólo una pala para perforar el terreno, un balde para sacar la tierra arenosa del valle calchaquí y, sobre todo, mucho respeto por la Pachamama.

Para entrar a la casa hay que bajar cuatro escalones. Un enorme hueco del tamaño de una habitación hace las veces de living. Una vez adentro, aparece otro desnivel hacia el costado izquierdo que utiliza como dormitorio. En el piso (de tierra, por supuesto) está extendido un cuero con piel de llama que sirve de colchón y, quizás de abrigo. "Aquí no se siente frío y ni siquiera los ruidos. Hay mucha tranquilidad -explica con la misma pasión de alguien que ama lo que dice y lo que hace-. Aquí todo es sereno".

Hace tres años comenzó a cavar su vivienda. Adentro, la tierra es firme como si las paredes fueran de cemento. Incluso tiene un hueco que sale hasta la superficie como una chimenea. "Mi idea es hacer una casa bien hecha, bien segura dentro de la tierra -resalta-. Todo el día ando haciendo cosas y a la noche me vengo a dormir aquí -dice, mientras señala lo que es su dormitorio-. Esa es la conexión que yo siento".

Casi siempre lleva un chulo (gorro de lana) o un pañuelo atado en la cabeza para cubrirse del sol. Se ríe de su calvicie, a los 58 años, y tiene una barba corta, canosa, áspera y descuidada. Es ducho con el machete y dice que por ser una persona ambidiestra es más útil, porque aguanta más tiempo a la hora de cortar la alfalfa.

Allá en el tiempo

Luis llevaba una vida normal, común y corriente. Tenía una cadena de autoservicio para clientes de todo el valle. Era un buen sustento, no le faltaba para comer ni vestirse, tenía sus hectáreas y su casa. Pero no estaba conforme. Algo en su interior germinaba como una semilla.

Al cumplir 33 años hubo un hecho que le cambió la forma de ver la vida. Recuerda que subió a la cumbre de una montaña. "Era noche de luna llena y se veía todo clariiiito -dice cantando y frunciendo el ceño, como si estuviera viendo aquella misma escena-. Estaba parado mirando el río Amaicha, sólo y en silencio -remarca-. En medio de la noche me da cuenta que el río tiene una energía, lo mismo que las quebradas. Algo que no se puede ver, pero se puede sentir. Para mí -dice- los ríos son como las venas de la Madre Tierra".

Así fue que decidió dejarlo todo: la casa y la venta de comestibles, pero tardó varios años más en lograr lo que ahora llama el contacto directo con la Pachamama.

Un menú especial

Es mediodía, cuando comienza a atizar el fuego y a salar la cabeza de cabra. Para él es tan natural como comer un asado de tira en un domingo cualquiera y está dispuesto a compartir el almuerzo. Impresiona el cráneo del animal sobre una madera, con los ojos, la lengua y los dientes.

A la lejos se oye que ladran los perros y entre la arboleda aparece un vecino. "Hola Luis" se escucha el saludo del otro lado de una cerca de alambre. "Eh... Parlanchín, que andás haciendo", dice el anfitrión. "Agua, Luis... ¿tení? agua?", pregunta un hombre que aparenta unos 30 años, que camina lento y con las manos en los bolsillos. Después carga un litro en un envase de plástico y se va por donde vino, callado. "Le dicen Parlanchín -aclara Luis-, porque no habla con nadie".

En Encalilla la gente no usa reloj, pero todos saben, por la ubicación del sol, cuándo es la hora de la siesta. Luis no duerme. Es el momento de cortar otra tanda de alfalfa para las cabras. "Ah... estas cabras -afirma- comen tres veces al día". Entonces levanta un machete. Repasa la hoja del filo sobre una piedra, varias veces, hasta que se refleja el brillo del sol.

Extiende el brazo con el machete y baja un golpe seco, la hierba se corta como migas de pan y despide un aroma fresco que parece un manjar para los animales. "Ya se ponen inquietas... mirá -dice Luis, señalando al corral-, ya saben que les voy llevá  comida".

Los antepasados

Recuerda que su bisabuelo fue cacique de la comunidad de Amaicha. "Se llamaba Timoteo Ayala, era el padre de mi abuela materna -detalla-, le decían "El cacique culto" y eso lo siento como una gran responsabilidad, aunque sé muy bien que la creencia era más fuerte en otra época".

En el pueblo cada quien hace su vida. Luis reniega porque unos días antes, un vecino lo invitó a comer. Dice que al llegar a la casa estaban viendo la televisión. "Había un programa mexicano, donde pasaban todos los chismes de una señora que había dado una hija, cuando era chica. No sé... para mí eso te degrada. No entiendo que vean eso y hacerlo ver a los chicos. Eso es la degradación de la especie humana -plantea en tono de queja-, es como perder la identidad".

Después de comer prepara un acullico con hojas de coca. Apoyada sobre una piedra hay una vieja motocicleta, con el asiento destartalado. "Hay que empujarla para que arranque -dice- y cuando arranca me voy para Amaicha, ahí tengo amigos, ando por la plaza, voy a Los Zazos y después vuelvo a dormir".

Dice que hay que hacer productivas a las tierras para sacarles provecho en beneficio de la comunidad. Resalta que es posible una confluencia entre el sistema capitalista y la distribución de la riqueza. Usa celular, aunque a veces se corta la señal.

"Hay miles de hectáreas desperdiciadas que podrían ser productivas, pero los jóvenes se van porque no hay trabajo. Para que esas tierras empiecen a producir y generen trabajo -remarca- hace falta inversión. Tengo un socio -afirma- que pone la plata y plantamos tomate, pero todo es orgánico. Plantamos para comer y también para vender".

Los perros buscan sobras cerca del fuego. El sol se acuesta sobre el cerro. Luis empieza a colgar cosas en el árbol y después baja a la casa. Le queda menos de una hora antes de acostarse a dormir. "Ni los animales se meten aquí", asegura. El eco retumba en la cueva como si estuviese dentro de un bombo legüero. "Aquí no hay ruidos. Una vez sentí un temblor -recuerda-. Sonaba como un zumbido en la espalda y me desperta. No tenía miedo, nada, porque no se va a caer. Si uno la respeta, la Madre Tierra no le hace daño".

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