14 de junio de 2012

Las apariencias engañan a quien no sabe leerlas

Un día, una mujer con un vestido de algodón barato y su esposo, vestido con un humilde traje, se bajaron del tren de Boston y caminaron tranquilamente sin tener una cita, a la oficina de la secretaría del Presidente de la Universidad de Harvard.


La secretaria adivinó en un momento que estas gentes que venían de los bosques, unos simples campesinos, no tenían nada que hacer en Harvard.

"Desearíamos ver al presidente", dijo suavemente el hombre.

"Está ocupado", replicó la secretaria.

"Esperaremos", replicó la mujer.

Durante horas la secretaria los ignoró, esperando que la pareja finalmente se desanimara y se fuera.

Pero ellos no se iban y la secretaria, frustrada, decidió interrumpir al presidente.

Con ceño adusto pero con dignidad, el presidente se dirigió con paso arrogante hacia la pareja.

La mujer le dijo: "Tuvimos un hijo que asistió a esta Universidad, solo por un año. Él amaba Harvard. Era feliz. Mi marido y yo quisiéramos levantar algo, en alguna parte del campus en memoria de nuestro difunto hijo.".

El presidente, sin ningún interés en el asunto, dijo ásperamente: "Señora, no podemos hacer una estatua por cada persona que asista a Harvard y fallezca. Si lo hiciéramos, este lugar parecería un cementerio.".

"Oh, no", exclamó la mujer. "No deseamos erigir una estatua. Pensamos que lo mejor sería erigir un edificio."

El presidente entornó los ojos. "¡Un edificio! Pero ¿tienen idea de cuánto cuesta  erigir un edificio? ¡Hemos gastado más de siete millones y medio de dólares en los edificios de Harvard!"

Por un momento la mujer se quedó en silencio. El presidente se sentía satisfecho. Ahora podría deshacerse de estos dos…

Pero la mujer, volviéndose entonces a su esposo le dijo suavemente: "¿Tan poco cuesta construir una universidad? ¿Por qué no construimos una nuestra?"

Su esposo asintió.

El rostro del presidente de Harvard se oscureció.

Y así fue como el Sr. Leland Stanford y su esposa se marcharon. Viajaron a Palo Alto, California, y allí establecieron la universidad que lleva su nombre, La Universidad de Stanford, en memoria de un hijo del que Harvard no se interesó.

La Universidad Leland Stanford Junior, fue inaugurada en 1891 en Palo Alto en memoria del difunto hijo del rico terrateniente. Está localizada a unos 50 kms al sudeste de San Francisco en terrenos del Condado de Santa Clara, contiguos a la ciudad de Palo Alto y es la número uno del mundo, por encima de Harvard. 
Leland Stanford era un magnate ferroviario y gobernador de California, y su mujer se llamaba Jane Stanford. Su único hijo, Leland Stanford Junior, había muerto de fiebre tifoidea en su adolescencia. La Universidad es conocida localmente como La Granja (The Farm), debido a que la Universidad está situada en lo que fuera la granja de cría de ganado de los Stanford.

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