14 de marzo de 2012

Napoleón, la desmesura total

Napoleón o el incesante movimiento. Napoleón o la desmesura total. Una vez iniciada, la carrera de este hombre de talento y ambición ilimitada sólo podía concebirse en términos de un irrefrenable dinamismo, una constante ascensión. Cada etapa de esa carrera, indigna de un modelo de menor entidad que la de un Alejandro Magno, debía ser por fuerza una superación cualitativa de la anterior. 


Como si no bastase con su desproporcionada arrogancia, la misma escala de sus logros pero también la precariedad del punto de arranque –a diferencia de Alejandro, Napoleón no era hijo de rey- lo obligaban a fijarse metas cada vez más importantes; demasiado sabía que un hombre que se había elevado al trono de Francia por sus propios medios sólo podía legitimarse por la incesante conquista de gloria, gloria en que la propia Francia pudiera reflejarse como en un espejo dorado. El hombre que había incursionado en Egipto –y abandonado a su ejército en la empresa- no podía contentarse con menos que invadir Rusia. A tentativas alocadas, en este caso, fracasos estrepitosos.
Edecán de Napoleón, aristócrata de rancio abolengo, el conde Philippe-Paul de Ségur (1780-1873) tomó parte en el Gran Ejército napoleónico que en 1812 traspuso las fronteras del imperio de los zares. Testigo presencial de los hechos, pues, escribió unas memorias de la infausta campaña que fueron publicadas por primera vez en 1824 bajo el título de Historia de la expedición a Rusia emprendida por el emperador Napoleón en el año de 1812. La obra se convirtió enseguida en un acontecimiento editorial de proporciones, reeditada una y otra vez y traducida a multitud de idiomas. Devenida un clásico en su género y verdadera joya literaria, filón de historiadores y novelistas, el mismísimo Lev Tolstói se inspiró en sus páginas para la redacción de algunos de los memorables pasajes de Guerra y Paz, su vasto friso novelesco. Sus ecos aún resuenan en obras recientes, de concepción más modesta pero apreciables como Nevaba, la novela de Patrick Rambaud.
A contrapelo de muchos de los de su rango social, Ségur tiene a orgullo el haber participado en la gesta napoleónica. Su crónica de la campaña rusa es testimonio de admiración al emperador, mas no se trata de una admiración tan incondicional que ofusque toda capacidad de crítica; lejos de esto, el autor reprocha a Napoleón lo imprudente, desmesurado de su empresa. Todo el mal de aquella guerra sin cuartel que fue la campaña rusa, dice, procedía de haber iniciado tan terrible aventura. Por grande que fuese el genio de Napoleón, las fatídicas circunstancias –el tiempo, el clima, las distancias- debían superarlo irremediablemente.
Habiendo alentado en su adolescencia ciertas aspiraciones literarias, antes de optar por la carrera militar, Ségur añade a su relato el interés de una pluma esmerada, vigorosa y expresiva. No resisto la tentación de reproducir un par de fragmentos a manera de ejemplo. A propósito de lo que se contaba sobre una arremetida en solitario del mariscal Murat contra la caballería cosaca, escribe Ségur lo siguiente: «El continente marcial del rey de Nápoles, lo llamativo de su indumentaria, su reputación, e incluso lo inverosímil del gesto, hicieron que todos considerasen cierto aquel alarde de valor. Murat era realmente así: un rey teatral por su vestimenta, y un soberano auténtico por su valor y su actividad incansable, siempre intrépido, rodeado por un hálito de superioridad, de arrojo temerario y sin límites, que es el arma ofensiva más peligrosa en un hombre de guerra» (p. 74). De paso, cabe destacar que la primera mitad del texto se ve animada en gran medida por el contrapunto entre los dos caracteres disímiles que fueron Murat y Davout. Dechado de serenidad y prudencia metódica, el mariscal Davout aparece como la antítesis cabal del turbulento Murat (especie de energúmeno que «no podía oler la pólvora sin estarse quieto») y su más cumplido rival.
Lo que fuera cultivada juventud y aptitud para el entusiasmo del autor inspira este párrafo, relativo a Moscú: «Bastaba un solo rayo de sol para que toda la soberbia ciudad destellase con sus mil colores variados. Los viajeros sentíanse maravillados; era una visión igual a la de los prodigiosos relatos de los poetas orientales que habían encantado nuestra niñez. Al penetrar en el recinto amurallado, aumentaba el pasmo de los visitantes; a los nobles personajes se los reconocía por la rica sencillez de sus trajes; a los mercaderes, por el lujo y corte asiático de sus vestiduras. La indumentaria del pueblo evocaba reminiscencias griegas; todos los hombres ostentaban luengas barbas. Los edificios mostraban la misma variedad, pero todos estaban impregnados de un fuerte color local, a veces rudo, como corresponde a la cuna del antiguo Gran Ducado de Moscovia». (p. 108). (Con todo, hombre de su tiempo, la percepción de las gentes por Ségur es rehén de los estereotipos en boga: los alemanes adolecen de una muy germana inclinación a lo maravilloso; los rusos son unos escitas.)
Ahí están, narrados con garbo, los célebres episodios que jalonaron la campaña. El sacrificio de los lanceros polacos que se ahogan al tratar de vadear el río Vilna, un funesto presagio de lo que se avecinaba; la pírrica victoria de Borodino; el incendio de Moscú; los titubeos de Napoleón, cuando la inutilidad de la captura de esta ciudad se hace evidente; la calamitosa retirada de lo poco que resta del otrora espléndido Gran Ejército, constantemente hostigado por el frío, el hambre y las tropas rusas; el paso del Beresina, clímax del desastre pero también un logro relativo; por supuesto, el remate de tamaño fracaso dado por el apresurado retorno de Napoleón a París. Es precisamente la segunda parte de la crónica –la del retorno- la más interesante, por el redoblado dramatismo de los acontecimientos pero también porque trasluce la comprensión por el autor del significado de los mismos: es cuando se le revela la magnitud de la hybris napoleónica y de su aciago destino. Ya antes de Moscú lo barruntaba Ségur: «Se daba cuenta –Napoleón-, pero tarde, de que mientras los reyes caen, los pueblos dignos perseveran. Ahora, en el otro extremo de Europa, encontraba una nueva España, pero lejana, estéril, infinita. Napoleón, mudo de asombro, vacila…» (p. 54).
La edición cuenta con una introducción tan buena que casi justifica por sí misma la lectura del libro. Su autor es Mark Danner, periodista estadounidense versado en asuntos internacionales, sobre los que ha publicado cantidad de artículos y libros.
Philippe-Paul de Ségur.
La derrota de Napoleón en Rusia.
Duomo Ediciones, Barcelona, 2010. 247 pp.

Fuente
hislibris.com

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